Hay paisajes tan célebres y cercanos que se corre el riesgo absurdo de darlos por sabidos sin haberlos pisado jamás. Para alguien nacido y criado al abrigo de las Rías Baixas, cumplir medio siglo de vida contemplando la silueta de las Cíes recortada en el horizonte de la ría de Vigo parecía bastar. Durante cinco décadas, aquel archipiélago fue un telón de fondo familiar en los paseos marítimos, una referencia meteorológica para adivinar si entraría temporal del suroeste y una postal repetida en folletos y conversaciones ajenas. Sin embargo, cruzar la frontera de los cincuenta años suele traer consigo un deseo sereno de saldar deudas pendientes con la propia tierra, y embarcar por primera vez hacia las islas se convirtió en un acontecimiento cargado de expectación.
La travesía en catamarán desde la estación marítima de Vigo fue el preludio perfecto del asombro. A medida que el barco dejaba atrás la ría interior, el bullicio industrial del puerto y el perfil urbano de Bouzas, una sensación de novedad infantil comenzó a apoderarse de quien creía conocerlo todo sobre el mar gallego. Ver cómo la masa pétrea de Monteagudo y O Faro dejaba de ser un relieve plano para transformarse en paredes verticales de granito batidas por el oleaje fue una revelación inmediata. Cuando la quilla tocó suavemente el muelle de Rodas y la pasarela se abrió sobre aguas de un azul turquesa inverosímil, la mirada de un hombre de cincuenta años recuperó la pureza limpia de los primeros descubrimientos.
El primer contacto con la playa de Rodas desmontó de golpe cualquier rastro de escepticismo maduro. Caminar descalzo sobre esa arena blanca y fina, sintiendo la caricia gélida del agua atlántica en los tobillos mientras la brisa marina despejaba la mente de rutinas acumuladas, demostró que la fama del lugar se quedaba corta ante la realidad sensorial. No hacían falta prisas de juventud ni afán por abarcarlo todo en una sola mañana; el ritmo pausado de la madurez permitió saborear cada detalle: el aroma resinoso de los pinares cercanos, el vuelo elegante de los cormoranes moñudos y el rumor sosegado del Lago dos Nenos.
La subida hacia el Monte Faro puso a prueba las piernas, pero la recompensa en la cumbre justificó con creces cada repecho. Asomarse a los acantilados occidentales y contemplar la inmensidad del Atlántico batiendo con fuerza sorda contra la piedra, con la isla de San Martiño guardando el flanco sur, produjo un silencio sobrecogedor. A los cincuenta años, frente a un abismo semejante, el horizonte ya no se contempla con la impaciencia del futuro, sino con la gratitud honda del presente.
Al abordar el barco de regreso al atardecer, con el cansancio noble en el cuerpo y el salitre incrustado en la piel, una certeza quedó grabada para siempre: nunca es tarde para descubrir la belleza que siempre estuvo ahí esperando. Su primer viaje islas cies demostró que el verdadero asombro no caduca con la edad, sino que se enriquece cuando la vida te enseña a mirar despacio.